Capítulo 13: El Gran Poder de Dios
- Fiel creyente

- 29 ago 2020
- 5 Min. de lectura
Actualizado: 10 jun 2022

CAPITULO 13
EL GRAN PODER DE DIOS
Había decidido terminar mi relato en el Capítulo 12 porque entendía que el Mensaje ya había sido llevado, y pensaba que ya se había explicado infinidades de veces en la Biblia; a través de la Virgen; u otras personas escogidas más cercanas a la Iglesia que esta servidora.
Sin embargo, mientras fue pasando el tiempo, me di cuenta que, no importa cuántas veces se han dicho las cosas, Dios quiere que las sigamos repitiendo para aquellos que necesitan de un consejo o una palabra sabia que ayude a la Salvación de su alma.
Así que, continuaré mi relato justo después del Capítulo 11, donde estaba narrando que el 11 de enero, mi esposo había llevado a mi casa a un Ministro de Eucaristía para que rezara por mí y por la Paz de mi hogar, debido a todas las cosas que estaba yo presenciando.
Recuerdo que esa madrugada me había levantado a escribir las últimas notas que ya les transcribí, para que no se me olvidara lo que tenía que decir, o por si me pasaba algo que ya no pudiera comunicarme. Luego, me acosté y me levanté tarde en la mañana. Herví un huevo para desayunar con uno de mis hijos que se había quedado cuidándome, mientras mi esposo llevaba a mi hijo menor a la escuela.
Creo que iban a ser las 11:00 am, cuando llegó acompañado del Ministro de Eucaristía, quien era muy amigo de nosotros. Y yo lo atendí sin haber desayunado ni haberme tomado tan siquiera un jugo.
Recuerdo que le había explicado a mi hijo que no se sorprendiera si algún miembro de la familia lloraba, ya que la fuerza del Espíritu Santo era tan poderosa, que podía causar esta reacción a algunas personas, al recibir Su gracia.
Y comenzamos a Orar y pedirle a la Divina Misericordia de Nuestro Señor Jesucristo por mi salud. Recuerdo haber escuchado por primera vez la frase: "Dios escribe recto en renglones torcidos", refiriéndose nuestro amigo, a que Dios siempre tiene un propósito que nosotros muchas veces no entendemos.

Luego comenzamos a Orar por la Paz de mi hogar. Y el Ministro bendijo nuestra casa con Agua Bendita. Habíamos cuatro personas en la sala tomados de la mano, Orando al Señor. Y, justo cuando terminamos de rezar, mi cuerpo no pudo más, y sentí que se me fue el mundo, y que me fui hacia atrás. Y me desmayé.
Por mucho tiempo estuve buscando respuestas de por qué en ese preciso momento, cuando terminamos de Orar, fue que perdí el sentido.
Originalmente pensé que fue por la fuerza del Espíritu Santo (lo que le había explicado a mi hijo). Pero se me hacía difícil creerlo porque el Espíritu Santo lo que hace es manifestarse en nuestros sentimientos, en nuestras emociones. Por eso lloramos cuando nos arrepentimos de nuestros pecados. No nos hace daño. Para que entiendan, estamos hablando del Espíritu de Dios y de Jesús Misericordioso, quien nos cuida y nos protege.
Fue como un año después que "casualmente" (lo escribo entre comillas porque para Dios no existen casualidades) que visité a una prima, y otra que estaba de visita también, me explicó lo que probablemente ocurrió.
Cuando rezamos todos unidos, y bendijmos la casa, la limpiamos de todo mal que hubiera estado acechando y perturbando. Y molesto, al salir, atacó a la más débil. Pero específicamente a la que Dios había utilizado para llevar Sus Mensajes, para que Su plan no se pudiera llevar a cabo.
"No teman a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma. Teman más bien al que puede destruir alma y cuerpo en el infierno."
(San Mateo 10:28)
Cuando abrí los ojos estaba sentada en el toilet, y escuchaba a mi hijo llamándome: "¡Mami! ¡Mami!"
No podía parar de evacuar. Sentía que me estaba vaciando, aunque no había comido nada. Pero evacuaba negro, como si me estuviera limpiando. Me sentía muy débil. No podía caminar. Me traían jugo aún en el baño porque sentía como si hubiera tenido un bajón de azúcar. Mi esposo me llevó a la cama y me dejó con mi hijo en lo que llevaba al Ministro a su casa y buscaba la ambulancia.
Yo sentía que me estaba muriendo, pero no quería que mi hijo se quedara con esa experiencia por el resto de su vida. Así que le pedí que rezara ya que yo no tenía fuerzas para hacerlo. Y me dí cuenta que cada vez que rezaba, me sentía un poquito mejor. Y le pedí que siguiera rezando. Pero cuando bajaba la voz, sentía que me "iba". En eso, llegó mi otro hijo porque mi esposo lo había llamado, y comenzaron a rezar los dos juntos. Y me sentí que recuperaba más fuerzas. Y pasó lo mismo. Ya cansados, bajaban la voz, y me debilitaba. Entonces, les dije que siguieran rezando, pero que alzaran la voz, que gritaran, mientras yo hablaba con Papa Dios.
Y empecé a Orar. Y sentí que el Cielo se abrió.

Y le hablé a Papa Dios. Y le dije que yo no era nadie ante Su grandeza. Que yo era un alfiler, una porquería. Que mi vida estaba en Sus manos. Que Él era el TODOPODEROSO y que aquí se hacía lo que Él decía, pero que yo le suplicaba que me dejara viva por mis hijos. Que yo no tenía miedo de morir, pero no quería que mis hijos se quedaran sin madre, y mi esposo quedara viudo nuevamente. Además, el menor era muy pequeñito todavía.
En esos momentos, cuando estaba Orando, se prendió la luz de la lámpara de mi cuarto. Prendió y apagó como tres veces seguidas. Los tres lo vimos, mis dos hijos y yo. Pudiéramos pensar que mi hijo tropezó con el gavetero, pero yo creo fielmente que fue una señal de Dios diciéndome que todo estaba en control.
Aunque ahora sé que algo más estaba sucediendo en ese momento: el Espíritu Santo había entrado en mí. Porque fue desde ese instante que comencé a ver todo lo que sucedía con gran claridad. Ya no me cuestionaba lo que veía, al contrario, venían todas las respuestas a mi mente. Esto lo comprendí mucho tiempo después.
Al cabo de un rato de haber pasado el episodio en mi cuarto, llegó mi esposo con la ambulancia para llevarme al hospital. Y lo que allí sucedió, se los narro en otro capítulo.
NOTA
Este relato puede ser impreso y divulgado para que los mensajes revelados se continúen propagando en el Nombre de Jesús, pero jamás debe ser vendido ya que fue una promesa que le hice al Señor. Amen.
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